El arte como expresión del ser humano. El arte como refugio, escape y vuelta a la realidad enriquecido.
El artista. Que sólo es tal por una exploración personal y no necesariamente por un reconocimiento ajeno.
La mirada del artista. Una mirada que es cómplice entre pares y que se despega del devenir diario. De la vorágine de la rutina. Para alzarse en una manifestación bella y liberadora. Y que, a su vez, puede ser devuelta para el goce ajeno.
Un goce que no tiene por qué provenir del mismo sitio que el del artista, sino que se encuentra reinterpretado y resignificado. Logrando un producto nuevo y diferente, pero igualmente bello.
Todos nos enriquecemos mutuamente. Nos influímos. Nos confundimos. Nos enredamos. Y terminamos siendo más parecidos de lo que creíamos.
En el arte todo es libertad. Expresión. Punto de encuentro de la capacidad creativa del ser humano.
Todos y cada uno de nosotros, en el fondo o manifiesto, tenemos la capacidad y el privilegio de poder crear algo que nos identifique. Que nos realice. Que nos interpele. Que nos corporice. Que nos permita comunicarnos con el mundo y con nuestra propia esencia. Que nos ponga en juego. En evidencia. Al descubierto. Al desnudo.
Esa sensación de que todo lo que siento puede ser volcado fuera de mí. No con la perfección que lo imagino; con una imperfección que me hace humano. Para así tener otra perspectiva sobre ello. Y así aprender. Y crecer. Y ser.

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